Repasando mis observaciones de años anteriores veía que eran ya fechas para recibir a muchos visitantes estivales que regresarían para criar en el paraje un año más, por lo que tenía motivos de sobra para salir con muchas ganas.
En las aguas someras se veían numerosos flamencos (Phoenicopterus roseus) acompañados de anátidas como el pato colorado (Netta rufina) o el ánade friso (Anas strepera). Como viene siendo habitual, bandos de espátulas (Platalea leucorodia) y moritos (Plegadis falcinellus) sobrevolaban con frecuencia la marisma y los arrozales en los que los calamones (Porphyrio porphyrio) se asomaban con sus muy llamativos colores. Por el momento eran escenas como las que se veían en invierno.
| Al fondo están los patos colorados |
Además de golondrinas comunes (Hirundo rustica) y vencejos pálidos (Apus pallidus), vi mis primeros aviones zapadores del año (Riparia riparia) en esos cielos patrullados por predadores como el águila calzada (Hieraaetus pennatus) y el aguilucho lagunero (Circus aeruginosus).
No ver especies migradoras en paso como la cerceta carretona o la polluela pintoja no me extrañó, tampoco es tan sencillo, pero lo que sí que me pareció rarísimo fue que no hubiera ni un solo fumarel cariblanco cuando por esas fechas ya había muchos ejemplares otros años.
A cambio pude ver a su primo mayor, el más grande de su familia por cierto, cuando una pagaza piquirroja (Hydroprogne caspia) apareció pescando por los canales. Cosas curiosas que pasan.
Con una abubilla (Upupa epops) y un muy florido campo lo dejo aquí hasta la próxima visita, que posiblemente sea dentro de poco si el tiempo me da una pequeña tregua.
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