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viernes, 20 de abril de 2018

Marruecos: 3ª parte




En las dos publicaciones anteriores pudisteis asistir al cambio cada vez más tremendo del entorno en nuestro viaje a Marruecos conforme avanzábamos hacia el sur, pero no es nada comparado con el drástico cambio al conocer en persona el día 27 de marzo el desierto del Sáhara al visitar la única zona de genuino desierto de arena de todo Marruecos.

Mientras nos dirigíamos para ello a Merzouga tuvimos nuestras típicas paradas cada vez que veíamos algo que nos pareciera curioso, como las caravanas de dromedarios, y fue en una de ellas cuando vimos el único halcón borní (Falco biarmicus) de todo el viaje.

Buscar las especialidades ornitológicas de la zona era algo muy complicado, dadas las escondidizas constumbres de algunas de ellas y lo difícil que es moverse por las dunas. Sería la única vez que precisaríamos de un guía, y para ello teníamos referencias del Hotel Yasmina con sus anillamientos de aves y rutas guiadas. Pero ya por el camino se nos dio muy bien la cosa viendo por nuestra cuenta especies interesantes como una alondra ibis (Alaemon laudipes) de cerca y dos especies nuevas que fueron la terrera colinegra (Ammomanes cinctura) y la ganga moteada (Pterocles senegallus).
















La verdad es que fuimos afortunados al conseguir ver esas especies (con las gangas fue un éxito teniendo en cuenta que muchos viajeros sólo las consiguen ver en vuelo) antes de contratar un guía, pero ya requería mucha prudencia conducir por pistas arenosas hasta el Hotel Yasmina y más adelante nos sería imposible sin un 4x4 y sin conocer el terreno, mucho más importante.

Tras hablar de ello en recepción y esperar a que nos pudieran llevar, viendo mientras tanto una jornada de anillamiento ya que estábamos allí, finalmente nos llevaron en todoterreno en busca de especies tan complicadas como el chotacabras egipcio (Caprimulgus aegyptius). La ayuda de un pastor local fue indispensable para dar con tres ejemplares que dormitaban bien camuflados, tanto que nos costó verlos aunque nos señalaran el lugar donde estaban.

La curruca sahariana (Sylvia deserti) con su inolvidable mirada amarilla costó lo suyo, dando varias vueltas hasta dar con un ejemplar que se portó bastante bien dejándose ver sobre los arbustos espinosos del desierto. Puede parecer mentira que no sea fácil ver un gorrión, pero los gorriones saharianos (Passer simplex) están en declive mientras que los gorriones comunes les comen terreno, y en un lugar indicado vimos una única pareja que aún aguantaba.












Por supuesto vimos más cosas durante el recorrido, como por ejemplo una rana norteafricana (Pelophylax saharicus) en un pozo, más alondras ibis, collalbas yebélicas (Oenanthe leucopyga) o currucas carrasqueñas (Sylvia cantillans). Esto último mostró una vez más lo durísima que es la migración de las aves, daos cuenta de que esta pequeña curruca estaba en la única zona con agua y árboles que había en mucha distancia a la redonda en pleno desierto, y lo mismo pensamos cuando vimos a un cernícalo primilla posado en una duna.








Con la enorme satisfacción de haber conseguido ver tantas especies objetivo, sensación incrementada por lo tremendamente atractivas que son bastantes de ellas, nos dimos un buen homenaje comiendo en el mismo hotel. Fue de hecho la única vez que no comimos de bocadillo a mediodía y nos sentó de maravilla estar allí disfrutando más todavía la experiencia sahariana, que a buen seguro recordaremos el resto de nuestras vidas.

Por la tarde nos dirigimos a Boumalne Dades para pasar la noche, esperándonos al día siguiente las áridas estepas con especies de lo más interesante.