Empecemos con los ciervos (Cervus elaphus), que se alimentaban tranquilamente sin notar mi presencia mientras estaba sentado medio escondido en la orilla del Jándula.
Siguendo por la ribera, me encontré algo peludo y pequeño que me pareció un roedor... pues no, ¡un topo!
Este pequeño amigo estaba a plena luz de la tarde hurgando con el hocico en la hierba que iba apartando con sus garras, y a veces se inclinaba un poco de manera que su patita posterior quedaba alzada. Me encantó el aspecto aterciopelado de su pelaje.
Me voy a decantar por topo ibérico (Talpa occidentalis) por lo pequeño que era, aun sin estar seguro. Aquí dejo un par de fotos con mi móvil al lado para hacer escala (sí, tengo un móvil de adolescente pija), ya que el animalito me ignoraba todo el tiempo y no pareció molestarle mucho que digamos.
Mientras aún miraba al topo, escuché los "ladridos" característicos del águila imperial ibérica (Aquila adalberti), y la busqué en el cielo. Desafortunadamente, la pareja volaba muy lejos y desaparecían de mi vista constantemente al estar yo en terreno bajo. Esto es lo "mejor" que puedo enseñar...
Estuvieron muy presentes los habituales amigos emplumados de siempre: los confiadísimos petirrojos (Erithacus rubecula) que se comían las migas de mi bocadillo, incluso de mi misma mano, y los rabilargos (Cyanopica cyanus) armando mucho follón como acostumbran ellos.
Luego seguro que veré los buitres donde menos me lo espere, últimamente está así la cosa.