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lunes, 21 de marzo de 2022

La más remota Sierra Morena

 




El 27 de febrero, aprovechando que había ido a Bailén porque tenía por delante tres días libres con motivo del puente del Día de Andalucía, me propusieron pasar el día entero en lo más lejano y solitario de Sierra Morena. Algo, que por supuestísimo, acepté.

Estábamos bien temprano en zonas abiertas antes de adentrarnos en la sierra en sí, pensando sobre todo en las grullas que por esas fechas todavía estarían por las dehesas y otros espacios similares. Lo que sí nos sorprendió fue encontrar varios alimoches posados junto al ganado bovino y sus boñigas en compañía de gansos del Nilo, una imagen tan curiosa como grotesca.
Mientras observábamos a los recién llegados y ruidosos críalos también oímos un reclamo de pinzón real, y es que estamos en ese momento del año en el que las primeras aves estivales coinciden con las últimas invernantes que aún no se han marchado.



Calandria (Melanocorypha calandra)

Alimoche (Neophron percnopterus)

Chorlitos dorados (Pluvialis apricaria)

Grullas (Grus grus)

Críalo (Clamator glandarius)

Grullas (Grus grus)


Ya en la sierra propiamente dicha pudimos comprobar que había ya ganas de primavera al ir viendo mariposas como la arlequín y la macaón y reptiles como la lagartija cenicienta, aunque quedaran visibles señales del todavía invierno con los milanos reales adornando el cielo como sólo ellos saben hacer.



Arlequín (Zerynthia rumina)

Milano real (Milvus milvus)

Lagartija cenicienta (Psammodromus hispanicus)

Buitre negro (Aegypius monachus)


La densidad de águilas imperiales en Sierra Morena es considerable a día de hoy, una de las pocas alegrías en cuanto a conservación se refiere, de manera que a lo largo de la jornada tuvimos la gran suerte de observar numerosos ejemplares de distintas edades pudiendo incluso ver hasta cuatro adultos al mismo tiempo en sus disputas territoriales. A este último respecto hay que decir que no faltaron las agresiones contra los juveniles que no son bien recibidos.



Águila imperial (Aquila adalberti), juvenil

A navajazo limpio


Otro encuentro especial fue el de los corzos por la tarde, ya que es un cérvido poco frecuente en tierras meridionales (además de precioso).
Nuevamente tuvimos nuestra generosa ración de águilas imperiales cada dos por tres, muy activas con sus sonoros reclamos como si no quisieran que nos olvidáramos de ellas.



Perdiz (Alectoris rufa)

Corzo (Capreolus capreolus)

Almirante rojo (Vanessa atalanta)

Águila imperial y milano real

Águila imperial (Aquila adalberti), adulta


Pero, ya que hablamos de sonoros reclamos, al atardecer oímos el reconocible canto de las ranitas de San Antonio y rápidamente nos lanzamos en su busca, encontrando varios machos y una hembra en unas charcas también habitadas por sus escandalosas primas las ranitas meridionales, que convertían aquello en una auténtica discoteca de ligoteo anfibio.
Para mí fue una especie nueva a la que tenía muchas ganas desde hace años, de manera que solamente por esto ya fue todo un éxito la salida para mi gusto.



Ranita de San Antonio (Hyla molleri)

Ranita de San Antonio (Hyla molleri)

Ranita meridional (Hyla meridionalis)


Si todo esto fue sensacional, más todavía compartirlo con dos cafres junto a estas viandas de tortilla de patatas y jamoncito.





sábado, 4 de abril de 2020

Fin de semana extremeño. 2ª parte: surtido cacereño







El día que dediqué a Monfragüe junto a José Márquez fue el único soleado que tendríamos aquel último fin de semana de febrero, porque el día 29 amaneció nublado e incluso lluvioso después de la primera noche en un hostal cercano a Plasencia que casi nos revienta los oídos sonando la alarma contra incendios en medio de la noche. No estoy muy seguro de si fue peor el destrozo de mis pobres tímpanos o el susto que te pega eso cuando ya estabas durmiendo plácidamente, pero el caso es que paró de sonar con el mismo misterio con el que comenzó.

Ya había dicho antes que las rapaces de Monfragüe no son novedosas para un andaluz de Sierra Morena, pero sí que lo era el plan del sábado viendo esteparias en los Llanos de Cáceres. Sacamos el telescopio con un frío horrendo producto de estar en espacios abiertos con esa humedad, un frío realmente espantoso que te apuñala por dentro y te quita las ganas de circular con las ventanillas bajadas a no ser que veas bichos interesantes.
Al poco de estar viendo algunas anátidas y cigüeñuelas en una charca me di cuenta de que teníamos unas avutardas a nuestras espaldas, un grupo de machos en el que algunos ya empezaban a pavonearse compitiendo por ver quién se parece más a una esponja llena de espuma.

En esos solitarios espacios, ya libres por fin de tener que aguantar las patochadas de la gente de la feria del día anterior, disfrutamos de un águila imperial adulta que parecía tener casi tanto frío como nosotros o de un lejano esmerejón entre otras cosas.
Al mirar el águila imperial por el telescopio se cruzó una ortega en mi campo de visión, cosa que no tuvo tiempo de ver mi compañero de fatigas al igual que cuando unos sisones volaron rápidamente a ocultarse en unos matojos.





Avutardas (Otis tarda)

Cerceta común (Anas crecca)

Avutardas (Otis tarda)

Pato cuchara (Spatula clypeata)

Avutardas (Otis tarda)

Ánades frisos (Mareca strepera)

La clásica señal tiroteada

Águila imperial (Aquila adalberti)

Triguero (Miliaria calandra)

Esmerejón (Falco columbarius)


Perdices (Alectoris rufa)

Avefría (Vanellus vanellus)

Calandria común (Melanocorypha calandra)




Un amigo me recordó que en esa zona estuvo citada una avefría sociable este invierno, cosa que a José le entusiasmó con lo asfixias que es con el tema de las rarezas, pero ya llegábamos tarde y lamentablemente no pudo ser, sobre todo para mí porque no he visto nunca esa amenazada especie asiática.
Nos fuimos a otro lugar con presencia de críalos para intentar verlos, en unos encinares muy propicios para ver a esos chillones crestados que parecen creados por la naturaleza para que las urracas sepan lo que es tener un dolor de muelas. Desafortunadamente sólo detectamos sus característicos grititos y no los vimos, pero no nos fuimos tampoco con las manos vacías viendo un repertorio de aves rapaces que no estuvo nada mal.




Culebrera (Circaetus gallicus)

Buitre leonado (Gyps fulvus)

Buitre negro (Aegypius monachus)

Milano negro (Milvus milvus)

Buitre negro (Aegypius monachus)



Se nos ocurrió aprovechar la cercanía con Trujillo para turistear un poco visitándolo, os aseguro que merece la pena totalmente y nosotros lo disfrutamos bastante, aunque tuviéramos que comer dentro del coche cuando empezó a llover. Eso sí, sin bajar la guardia y detectando unos picogordos por sus discretos reclamos.











El 1 de abril llegó tras un reparador sueño que esta vez no fue truncado por la alarma destrozadora de masa encefálica. Teníamos varios ases en la manga porque pensábamos aprovechar ese domingo aunque volviéramos tarde a casa, pero el tiempo lluvioso nos hizo replantearlo y empezar la mañana en la FIO visitando por tercera vez la tienda de libros que tanto nos entusiasmó (pero mucho), viendo nuevamente a los amigos allí presentes y asistiendo al documental "Soñando con alas".

Estando allí desechamos la idea de ir a ver orquídeas a Almaraz porque eran fechas muy tempranas y veríamos poca cosa, de manera que nos fuimos a Saucedilla para ver cernícalos primillas en los momentos en los que no llovía y otras cosillas como el grupo de martinetes que llegó volando a unos arbolillos del embalse.



Cernícalo primilla (Falco naumanni)

Golondrina común (Hirundo rustica)

Cernícalo primilla (Falco naumanni)

Martinetes (Nycticorax nycticorax)


He mencionado la alarma contra incendios que sonaba con nocturnidad y alevosía en nuestro hostal, que estaba muy bien perfumado con un intenso olor a fritanga, pero no sería justo olvidar al zorro que por la noche merodeaba sus contenedores y nos divirtió con sus carrerillas yendo a ocultar su botín en distintos escondites mientras de fondo sonaba el poderoso coro de las enceladísimas ranitas meridionales a punto de explotar.






Así como también merecen su lugar en el podio las suculentas gordosidades de la cena que nos metimos en Plasencia la segunda noche después de haber estado todo el fin de semana echando mano de la bolsa de las provisiones (o la bolsa de los pitracos como nosotros decimos).
Al llegar a Córdoba no me fui directamente a Jaén, pero ya habrá tiempo de sobra para hablar de eso en la siguiente publicación.