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jueves, 26 de abril de 2018

Marruecos: 5ª parte




Pasamos a terminar el relato del viaje marroquí con esta publicación que resumirá los últimos días allí, en los que la cantidad de especies nuevas obviamente disminuyó pero algunas de ellas eran muy especiales como vais a poder comprobar. Y es que viajando hacia el norte todavía nos quedaban por ver aves muy interesantes, alguna de ellas muy complicada además.

La mañana del día 30 de marzo estábamos en la estación de esquí de Oukaimeden para disfrutar de una especialidad alpina que en Europa no tenemos, pero no sin ver antes algunas especies nuestras como las chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax) y piquigualdas (Pyrrhocorax graculus).








Allí arriba en el Alto Atlas el frío no era poco precisamente y tuvimos que echar mano de la ropa de abrigo tras tantos días sin usarla en el sur del país, aunque la insolación era fuerte y bastantes geckos diurnos del Atlas (Quedenfeldtia trachyblepharus) se movían muy activamente por las rocas.
Pudimos observar también lo dura que debió ser la vida en aquellas alturas viendo las modestas construcciones que se apilaban en sus laderas de las que tomaban el mismo color.






En aquellas duras y desarboladas alturas vive el camachuelo alirrojo (Rhodopechys alienus), que ahora es considerado una especie endémica del Atlas tras haber sido anteriormente clasificado como subespecie de otra especie que vive en Oriente Medio.
La verdad es que tuvimos bastante suerte y tuvimos numerosas observaciones de este bonito fringílido de montaña mientras hacíamos nuestra ruta, sobre todo durante la ida.







A la alondra cornuda (Eremophila alpestris) y al colirrojo diademado (Phoenicurus moussieri) ya los habíamos visto al inicio del viaje cuando bajábamos de Ifrán a Errachidia, pero en esta ocasión los disfrutamos mucho mejor al tenerlos en mejores condiciones y durante más tiempo, así da gusto patear las montañas norteafricanas.













Nos sentó de maravilla esta dosis de alta montaña con lo que eso nos gusta en común a los tres que hicimos el viaje, y no es para menos en un lugar que recuerda tanto a Sierra Nevada al mismo tiempo que desprende fuertemente su personalidad propia.

Los grandes bandos de chovas y un último ratonero moro (Buteo rufinus) nos despidieron antes de bajar de nuevo por esas laderas tapizadas de cedros y sabinas, con pueblos remotos y muchísimas curvas de carretera de montaña antes de tomar la autopista hacia Temara, donde pasamos la noche en unos apartamentos que nos sorprendieron gratamente con su relación calidad/precio.






El día 31 tocó madrugar de nuevo, más incluso porque había que estar bien temprano en el lugar donde podíamos tener la oportunidad de ver al esquivo francolín biespolado (Pternistis bicalcaratus).
En un bonito entorno de monte mediterráneo (que tan familiar nos resultó a los dos andaluces del grupo) esperamos temprano dispuestos a detectar a los francolines cuando cantaran, aunque lo de cantar es un decir porque más bien pegan unos fuertes berridos muy roncos.

Efectivamente pudimos oírlos, incluso vimos dos de ellos en vuelo, algo que no esperábamos teniendo en cuenta lo difíciles de ver que son, pero lo que sí que nos pilló por sorpresa fue ver uno en medio del carril y poder incluso fotografiarlo. Con esto no contábamos para nada sabiendo lo discretos y huidizos que son, ya podíamos estar sobradamente satisfechos, pero además mis compañeros se llevaron a la saca el herrerillo africano (Parus teneriffae), especie que yo vi en Canarias allá por el 97.

Después pasamos bastante rato en el bosque de La Mamora, el mayor alcornocal del mundo, aunque a mí sinceramente me gustan más los alcornocales de España. La Mamora parecía más bien un parque urbano, pero estando allí pudimos ver un eslizón costero (que me quedé sin fotografiar antes de que se escabullera) y más de una decena de tortugas moras (Testudo graeca), especie que nunca habíamos visto pese a tenerla también en España.








Si la mañana fue un éxito no pudimos decir lo mismo de la tarde, yendo al humedal de Merja Zerga (Laguna Azul) con la intención de ver búhos moros sin tener un guía contratado de antemano. La cosa era intentar ir por nuestra cuenta viendo lo que pudiéramos con la opción de que algún guía local nos abordase, cosa que a mí francamente no me agradaba sabiendo la picaresca que suelen gastar.

Nos encontramos con un humedal acorralado y en grave peligro de desaparecer sin poder ver el búho moro y apenas otras especies, dando una vuelta por la playa del pueblo de Moulay Bousselham fue donde más o menos pudimos ver cosillas.
Como muestra ahí tenemos una fragata portuguesa (Physalia physalis), un charrán patinegro (Thalasseus sandvicensis), gaviotas de Audouin (Larus audouniii) y un macho de aguilucho lagunero (Circus aeruginosus).






Anillada en Tarragona en 2015





Pasamos la última noche en Larache, desde donde iríamos a Tánger para regresar a España el 1 de abril. Pero antes de irnos quisimos dar una última vuelta por un humedal cerca de Larache que fue otra cosa en comparación con nuestra desastrosa experiencia en la Merja Zerga.

La especie objetivo era el avión paludícola (Riparia paludicola) como última especie nueva antes de salir de Marruecos. No deja de ser una versión sosainas del avión zapador, pero allí había mucho más y pudimos disfrutar de un águila pescadora (Pandion haliaetus), pagazas piconegras (Gelochelidon niloticus), garzas imperiales (Ardea purpurea) y espátulas (Platalea leucorodia). Agreguemos al repertorio más especies sin mostrar en fotos como moritos, buscarlas unicolor, lavanderas boyeras, patos colorados, canasteras, una polluela pintoja y perdices morunas... allí sí que nos pusimos las botas.









Tras esto tocó subir al ferry de Algeciras viendo algunos alcatraces desde la cubierta, llevándonos una mayoría de objetivos cumplidos y experiencias de las que siempre perduran en el recuerdo.
Fueron unos días muy intensos en los que uno se llegaba a sentir abrumado conforme iba viajando cada vez más al sur y pasando por esos parajes tan áridos y desolados, aparentemente vacíos pero llenos de una fauna tan íntimamente ligada a ellos, hasta llegar a la experiencia tan brutal del desierto de arena dando la bienvenida al Sáhara.

¿Lo recomiendo? Sí, pero con matices.
Diría que sí en cuanto a naturaleza. Puedes moverte por una diversidad de hábitats que podéis repasar si echáis un vistazo por encima a las cinco publicaciones: desierto, alta montaña, monte mediterráneo, humedal costero, estepa, bosque de cedros... Todos con una fauna paleártica que incluye una mayoría de especies de fauna como las que tenemos en España, pero añadiendo especies africanas que merecen por sí mismas un viaje como el que hemos ido viendo.
Pero por otro lado hay que tener en cuenta las "peculiaridades" del país y su gente. Conviene ir sabiendo que allí la gente conduce de una manera bastante peligrosa, los peatones cruzan a lo loco incluso en autovías, hay muchos controles policiales con radares y los lugareños suelen tener una actitud muy acosadora con respecto a los extranjeros. Por lo demás, ver sus pueblos y disfrutar de su rica gastronomía complementan la expedición con creces, ver estas especies de aves está realmente bien pero el viaje gana puntos al alojarse en un riad y comer un buen tajine, porque ver collalbas propias de medios áridos no sería lo mismo sin ver también esas casas de adobe junto a palmerales.