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domingo, 17 de marzo de 2013

Tablas de Daimiel, siempre sorprendiendo





Ya es la cuarta vez que venimos a este Parque Nacional, y siempre nos encontramos con pequeñas y grandes sorpresas, cada visita es distinta y eso es algo que nos encanta. Hablo en plural porque siempre vengo con dos amigos, aunque esta vez hemos tenido más compañía al venirse Ramón y Silvia también.
Este ambiente de humedal tiene un aliciente especial para mí, acostumbrado a las serranías y bosques, y siempre se agradece la variedad.
Aunque la primera ave que me recibió sí es una que tengo en casa, el siempre simpático mochuelo (Athene noctua) con su profunda mirada color limón.





A llegar sí me encontré con lo esperado, un buen surtido de anátidas que para mí no son nada corrientes. En mi entorno tengo sólo al azulón, y si un día veo porrones comunes ya es toda una novedad. 
Empiezo con los llamados patos buceadores, por orden de aparición en las fotos:

- Porrón pardo (Aythya nyroca). 
- Porrón común (Aythya ferina).
- Porrón moñudo (Aythya Fuligula).






Dentro de esta categoría buceadora están también dos de nuestros patos más carismáticos: el pato colorado (Netta rufina) y la malvasía cabeciblanca (Oxyura leucocephala).
Esta última cortejaba mucho y se mostraba muy macarra con otras especies.








Un tercer grupo de buceadores lo hago con las pequeñas cercetas. 

- Cerceta común (Anas crecca).
- Cerceta pardilla (Marmaronetta angustirostris).
- Cerceta carretona (Anas querquedula).

La cerceta pardilla es una especie amenazada que siempre gusta poder ver, y la carretona fue una de las grandes novedades del día porque nunca había visto la especie. Las tres son preciosas... bueno, todas anátidas que vimos.








Continúo con los patos que no son buceadores, los llamados nadadores porque se alimentan zambullendo sólo la mitad de su cuerpo.

- Silbón europeo (Anas penelope).
- Ánade friso (Anas strepera).
- Ánade rabudo (Anas acuta).
- Cuchara común (Anas clypeata).

Uno de ellos es mi pato preferido, el ánade rabudo, que siempre me encanta poder ver desde que el año pasado lo encontré por primera vez. 










 De mayor porte estaban los tarros blancos (Tadorna tadorna), y algunos ánsares comunes (Anser anser) que aterrorizaban a los patos persiguiéndolos, llegando a hacerlos huir buceando como en la foto (era una malvasía lo que se sumergió bajo esas salpicaduras).





De rállidos no hemos visto esta vez calamones ni rascones (aunque oímos sus reclamos), pero sí a las infaltables gallinetas (Gallinula chloropus).






Las pequeñas aves han tenido bastante protagonismo en una salida donde esperábamos ver especies grandes como flamencos por ejemplo, pero en la naturaleza nunca se sabe. Un pechiazul (Luscinia svecica) nos hizo el favor de salir al descubierto de entre los carrizos, al contrario que los ruiseñores bastardos (Cettia cetti) que nunca salían de entre las ramas y tallos. 
Vimos distintos ejemplares de escribano palustre (Emberiza schoeniclus) en diferentes momentos, y cuesta mucho pillarlos entre la maleza, como sucede casi siempre con este tipo de pájaros.








A los pájaros moscones sólo los vimos una de las veces anteriores, pero en esta ocasión no tuvimos suerte y nos conformamos con uno de sus nidos colgantes que ellos mismos tejen, mientras de fondo no paraban de cantar los carboneros comunes (Parus major).






Doy paso ahora a las aves de mayores proporciones, como por ejemplo las siempre presentes cigüeñas blancas (Ciconia ciconia), o las rapaces como el aguilucho lagunero (Circus aeruginosus) tan habitual en estos lares con sus vuelos rasantes (otros estaban haciendo vuelos de celo) y la culebrera (Circaetus gallicus).
La culebrera fue un ejemplo de ave que no esperaría ver aquí, y fue curioso ver el mismo día un ave estival como ella junto con un invernante como el aguilucho pálido (vimos un macho muy de lejos).






Voy a seguir hablando de aves migradoras ahora que viene uno de los platos fuertes del día, cuando empezamos a ver pequeños grupos de milanos negros (Milvus migrans) planeando alto. Pero seguimos viendo más y más, hasta que aquello se llenó de cientos de ejemplares congregándose en torno a las corrientes térmicas que les ayudan a elevarse para continuar con su largo viaje desde África. Nunca hasta ahora había visto tantísimos, y francamente dudo que lo vuelva a ver así, ¡espectacular!








Otro contraste de migradoras que tanto me gusta fue comprobar que unas de las invernantes más atractivas y populares aún no se habían marchado del todo. Hablo ni más ni menos que de las grullas (Grus grus), ya que vimos una pareja aislada y una escuadra de nueve individuos. No tardarán demasiado en viajar hacia el norte mientras que el resto de aves estivales llega tras los milanos. Como dije en una anterior entrada, damos una afectuosa despedida a unas mientras vamos dando la bienvenida a otras.





 Para el final me reservo unas pocas imágenes del final de la salida. Nos gusta acabar asomándonos al río Guadiana a la entrada del parque porque suele verse siempre alguna cosa interesante. Esta vez fueron dos parejas distintas de somormujos (Podiceps cristatus) haciendo sus danzas de cortejo, uno de esos momentos bonitos de los libros que uno siempre quiere ver en persona, y una de las parejas solía aproximarse a un montón de ramas que yo supongo que será su nido flotante.








Terminamos explorando un poco en las afueras de las tablas, algo novedoso, y un tramo del Guadiana fue particularmente bonito y merecerá la pena volver en otra ocasión porque ya había muy poca luz y sólo saqué más o menos en condiciones a estos dos cormoranes (Phalacrocorax carbo).




Con la silueta de un par de mochuelos en una alambrada al anochecer tocó volverme a casa, pensando en cuándo será la próxima vez que disfrute de los humedales.