miércoles, 22 de abril de 2020

Pajarero






No, con este título no es que me esté definiendo como observador de aves, cosa que no deja de ser cierta ya que estamos, sino que se avecina la reseña del libro de Carlos Lozano Robledo sobre esta maravillosa y maldita afición que nos lleva a hacer todo lo que esté en nuestras ansiosas manos para conseguir ver esa deseada especie nueva o, sencillamente, disfrutar de nuestras aves favoritas de las que jamás nos cansamos.

Esto nos mueve a aventurarnos fuera de donde vivimos, yendo a puntos más apartados, a otras comunidades... o hasta a países extranjeros que pueden ser muy lejanos. Carlos Lozano acumula muchos viajes, casi tantos como sus ganas de ver pajarracos, y es lo que recopila en el libro a raíz del interés que suscitan las anécdotas que cuenta en sus clases.
Trabaja como profesor de Secundaria y Bachillerato, algo ciertamente equivalente a ser un experto manejando ofidios venenosos o a saber mediar en plena carroñada con hienas moteadas, chacales, buitres orejudos y marabúes. Pero si hay algo que encanta a los alumnos es una buena anécdota y que les hables de ti mismo, algo que conozco perfectamente porque yo soy maestro de Primaria y estoy acostumbrado a esos ojos brillando de interés mientras les cuentas tus vivencias, riendo con tus ocurrencias y esperando con ganas más y más.

Así, por sugerencia de esas alimañas hormonadas con horripilantes granos y aparato dental, recopiló muchas de esas historias en este libro editado por Tundra a finales del 2019.
Sus viajes van del desierto al ártico, pasando por selvas ecuatorianas y la alta montaña. Venezuela, Finlandia, Uganda, Japón, Costa Rica, Turquía... una larga sucesión de atractivos destinos que provocan una envidia sumamente cochina en los lectores que no hemos estado en sus muchos de esos sitios, y en eso nos detendremos a hablar mucho precisamente.
Él sabe perfectamente que el lector, al igual que el alumno que escucha sus historias, no quiere solamente que le cuente lo estupendamente que lo pasó ni las espléndidas especies avistadas. La gente quiere regocijarse con las penurias de los viajes, las anécdotas llenas de calamidades y dolores de muelas. El público del Circo Máximo desea su espectáculo de tigres y leones destripando a los condenados a la arena (disculpadme, he estado viendo "Spartacus" y no pude evitarlo).

Asistimos a la desvergüenza de los guías que operan con excesiva informalidad, el puñetazo en el vientre de las enfermedades, el frío atroz, el sudor pegajoso, las manías de algunos compañeros de viaje, el miedo, los inevitables remilgos ante las gastronomías peculiares, el insufrible ruido de los turistas mentecatos, la furia homicida que sientes cuando un grupo de esos turistas merluzos ve algo interesante y tú no... Yo mismo lo he comprobado, la gente se emociona con las fotos de jaguares que hice en Brasil pero les gusta mucho más cuando les cuento la repugnante inmundicia del barco hotel o la picaresca con "El Politos".

Hay algunos interludios que nos desconectan de las aventuras por el extranjero y nos devuelven al día a día con pequeñas anécdotas cotidianas, pero sin olvidarse de la gran mordacidad que impregna el tono acre del humor que caracteriza al libro. Porque, la verdad, es que no sería igual sin esas dosis de humor con mala leche que te hace imaginar que tienes que leer las frases enarcando una ceja. No es para menos teniendo que aguantar al borracho que le recriminó a Carlos que no se puede corregir exámenes en el tren, y llegamos a odiar sinceramente a la corte de papanatas y mamelucos surtidos que sufre a diario en su trayecto al trabajo.

Queda claro que lo recomiendo. Yo mismamente empiezo a tener ganas de releerlo y reírme otra vez al mismo tiempo que fantaseo con esos momentazos viendo gorilas en la jungla o la enormidad del albatros en la soledad del océano.
Por cierto, esta dedicatoria creo que habrá que cumplirla cuando sea posible...








domingo, 19 de abril de 2020

Subida al pico de la Guillimona






Desde donde vivo en Santiago de la Espada alcanzo a ver las sierras de la vecina provincia de Granada que forman una misma unidad con éstas de Jaén, Albacete e incluso Murcia. Es un recordatorio constante para explorar la cercana serranía granadina aprovechando mi actual estancia en la Sierra de Segura, continuando con lo que hace casi cuatro años empecé a bautizar como las Aventuras Béticas en el afán por bichear todas las sierras que reciben esa denominación.

El 8 de marzo fue el día escogido para subir al pico de la Guillimona, que con sus 2064 metros de altitud sería un buen ensayo para subir otro día la colosal enormidad de La Sagra.
Ese domingo tan soleado y espectacular prometía mucho cuando llegué al punto de inicio en el acceso al Pinar de Araceli, complejo de cabañas rurales que quedó tristemente abandonado por motivos que desconozco. El carril asfaltado que conduce al complejo está bloqueado por unos grandes bloques de roca, por lo que el recorrido a pie comienza allí mismo entre piquituertos, herrerillos capuchinos, carboneros garrapinos y demás pequeñajos forestales.



Almorchón

Pinar de Araceli




Tras pasar una zona ganadera sale un camino bien amplio que va tomando altura hacia el deseado cordal de cumbres calizas en las que intuía que el viento soplaría de lo lindo. Iba pensando por el camino que el pajareo estaba siendo bien escaso hasta que, de pronto, un joven quebrantahuesos llegó volando hacia mí y me sobrevoló a muy corta distancia al pasar junto a mi sendero.

Un poco más tarde, veía pasar sobre las cimas numerosos buitres leonados con una silueta distinta entre ellos que delató que se trataba de un pajizo de águila imperial. Justo en ese mismo punto pasó un segundo ejemplar de quebrantahuesos un poco más joven que el anterior, siendo el que enseño en las fotografías.
Sería muy normal preguntarse ahora mismo en qué narices estoy pensando para colgar la foto del ejemplar lejano y no la del primero que sí vi muy de cerca. No es que esté empinando el codo mientras escribo esto, tengo motivos para reservarme fotos y al seguir leyendo quedará claro por qué.




Águila imperial (Aquila adalberti)


Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)

Castellón de los Mirabetes

En este punto el sendero se apartaba en otra dirección y la subida la tuve que hacer acometiendo las laderas por donde mejor me fuera pareciendo, sorprendiendo en un canchal un grupito de acentores alpinos con sus graciosos reclamos.
El esfuerzo de subir por tan empinado terreno fue burlonamente recompensado con un frío helador que, realmente, era de esperar en esas cumbres azotadas por los vientos. Bajo el vuelo del águila real las vistas ya empezaban a ser magníficas con la blancura de Sierra Nevada en el horizonte, alcanzando incluso a ver montañas de Almería como Calar Alto con su observatorio astronómico.



Calar Alto

Águila real (Aquila chrysaetos)

Sierra Nevada

Acentor alpino (Prunella collaris)

Mulhacén

Veleta

Llegar a su vértice geodésico sí que fue recibir una agresión eólica en toda regla, pero se podía aguantar el viento teniendo a cambio las mejores vistas de toda la excursión. A un lado y otro de la alargada cresta tenía las localidades de Puebla de Don Fadrique (Granada) y Santiago de la Espada (Jaén), pero más imponente era tener muy cerca la mole de La Sagra.
Cuando veo La Sagra desde lejos siempre puedo escucharla riéndose porque aún no he sido capaz de ir a subir su cima, y estando allí tan cerca sus risotadas eran aún más humillantes que nunca, maldita montaña socarrona...




La Sagra ante Sierra Nevada

Puebla de Don Fadrique

Santiago de la Espada


La bajada no fue mucho más sencilla que la subida, buscando igualmente por dónde ir pisando sin caer despeñado.
Los buitres leonados siguieron siendo frecuentes, pero no por ello dejé de prestarles atención y por ello me pude percatar de que uno de ellos era en realidad un inesperado buitre negro. Al hacer un descanso en un prado veía a las águilas reales adultas con sus picados, pero lo mejor fue cuando apareció un quebrantahuesos tras un rodal de pinos que venía volando en mi dirección.

Era el mismo quebrantahuesos que me encontré durante la ida, que por entonces estuvo horrendamente a contraluz, a diferencia de la mucho mejor iluminación que tuvo en este otro momento que lo hizo merecedor de que omitiera las anteriores fotos para quedarme mejor con ésta para el blog. Es Góntar, macho de cuatro años que ya pude ver también de cerca en 2016 cuando mi amigo José Carlos Sires hizo su primera visita segureña, de manera que si pincháis aquí vais a poder comparar lo mucho que ha ido cambiando el amigo.




Buitre negro (Aegypius monachus)

Buitre leonado (Gyps fulvus)


Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)

Águila real (Aquila chrysaetos)




Para ilustrar el camino de regreso al Pinar de Araceli sólo dispongo de un piquituerto y de esa gran morralla que es la tarabilla común, aunque siempre agradecida a la hora de posar.
Esto no quiere decir que no viera más cosas, justamente ese tramo tan poco productivo durante la mañana me brindó al volver por la tarde observaciones de lúganos, mirlos capiblancos y hasta zorzales reales. Todos ellos sin una mísera fotografía testimonial, para no variar.



Tarabilla común (Saxicola rubicola)


Piquituerto (Loxia curvirostra)

Ese postrero plantel de aves invernantes completó el repertorio total con las grandes rapaces, pero aún quedará clavada la espina de no haber podido ir durante estas últimas semanas a La Sagra como tenía planeado... sus risas burlonas resuenan por toda la sierra ahora, pero ya veremos quién ríe el último.






jueves, 16 de abril de 2020

La enorme variedad de un sábado cualquiera






Hace casi dos años me dijo mi mejor amigo de la infancia que del mañana no sabemos nada, y vaya que así ha sido. Hace poco más de un mes no me hubiera imaginado que esto que voy a ir enseñando hoy sería mi último fin de semana con total libertad para salir al campo hasta vete a saber cuándo.

Pero mejor centrémonos en lo positivo y veamos qué cosas interesantes me esperaban el sábado 7 de marzo, que lucía soleado y espléndido pero con un fuerte viento que me hizo ir improvisando la salida que tenía pensada. La verdad es que no tenía nada claro para los planes de aquel fin de semana y ese sábado no tenía previsto hacer una excursión concreta, sencillamente decidí ir a distintos puntos de interés bichero a ver qué me encontraba.

Comencé con una de las apuestas fuertes de la Sierra de Segura yendo por las cumbres y cortados del valle del río que le da nombre. Allí es donde el molesto viento me recibió con unos buenos tortazos con la mano abierta y no estuve mucho tiempo, aunque sí el suficiente para encontrar junto a los numerosos buitres leonados la muy distinta silueta de un joven quebrantahuesos que fue uno de los platos principales del día.



Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)

Manto bicolor (Lycaena phlaeas)

Buitre leonado (Gyps fulvus)

Gavilán (Accipiter nisus)

Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)

Escribano montesino (Emberiza cia)

Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)


Lo mejor que se me ocurrió para estar resguardado de los excesivamente fuertes soplidos de Eolo fue pensar en el río Segura desde otra perspectiva, yendo junto a su cauce en el fiero cañón que excava a su paso cerca del pueblo de Pontones.

Allí está la recompensa del mirlo acuático si se tiene suerte, aunque yo desde luego no vi ni rastro de ese aleatorio canalla que puede ser muy confiado o muy arisco según el lugar donde uno vaya a intentar verlo. Pero allí el ambiente ya era otra cosa, incluso con una agradable calidez primaveral de almendros en flor, pájarillos bien activos y un repertorio de insectos con la muy bienvenida sorpresa de la mariposa arlequín que por primera vez veía en el paraje.




Mariposa del olmo (Nymphalis polychloros)

Arlequín (Zerynthia rumina)

Carbonero común (Parus major)


Níspola (Coenonympha pamphilus)

Sofía (Issoria lathonia)

Mosquitero común (Phylloscopus collybita)

Escarabajo tigre (Cicindela maroccana) con su presa



Esa efervescencia primaveral, llamémosla así, me hizo recordar el agradable paseo que también tiene el embalse del Tranco en un sendero que parte cerca de la localidad de Hornos de Segura, y para allá que fui viendo por el camino las clásicas cabras monteses que se han acostumbrado al paso de vehículos por la famosa, muy empinada y llena de pronunciadas curvas carretera entre dicho pueblo y Pontones.



Cabras monteses (Capra pyrenaica)

La referencia para este recorrido es la pedanía de La Platera, poco antes de llegar a Hornos. Allí un sendero bordea esa parte del embalse siguiendo la ruta PR-A 149 (Circular Alto del Montero), un itinerario que llevo eones queriendo hacer de forma íntegra pero ahí se que está quedando todavía en esa lista de tareas pendientes que siempre arrastro con miserables excusas.

Estando en tierras más bajas que Santiago-Pontones era de esperar que tal vez encontrara las primeras orquídeas, las Ophrys fusca como en tan tantos otros sitios. Allí estaban en efecto estas pequeñas orquídeas abejeras con su negro terciopelo regalándome más ejemplares de los esperados, con una pequeña sorpresa en forma de un solitario pie de Ophrys Tenthredinifera con el que no contaba. Más adelante en mayo este lugar se convierte en todo un paseo centrado en estas evolucionadas plantas con un amplio y bonito repertorio de especies, aunque es muy dudoso que este año se pueda llegar a disfrutar.


Ophrys fusca

Ophrys tenthredinifera

Ophrys fusca

Ophrys tenthredinifera

Ophrys fusca




En cuanto a las aves, estuve en el mismo lugar en el que semanas atrás un intento de hacerle una espantosa foto testimonial a un picogordo acabó en accidente con un apestoso charco y se fastidió la oportunidad mientras mi bota quedaba pringosamente cubierta por el denso lodo oscuro.
El destino quiso que este otro día sí pudiera retratar a otro paseriforme que no lo pone fácil. Los mitos no es que sean ariscos y de hecho se suelen mostrar con bastante desvergüenza, pero se mueven tanto que es difícil pillarlos y fue una suerte fotografiar a éste que parece decirme que no le saque papada.

Estando en un embalse se da la curiosa circunstancia de ver gaviotas, cormoranes y garzas cuando hasta hace poco uno estaba siendo sobrevolado por un quebrantahuesos, por lo que de primeras unas lejanas aves blancas hubieran podido ser confundidas con gaviotas. Pero no, eran diferentes y sus reclamos lastimeros anunciaban que estaba ante las tres primeras culebreras que veía este año por tierras segureñas. Estaban lejos y la foto que tomé es un auténtico bochorno óptico, por lo que os ahorro ese espanto poniendo en su lugar una de las muchas fotos que he tomado de culebreras en días posteriores, porque afortunadamente esta primavera se me han puesto muy a tiro en bastantes ocasiones.



Mito (Aegithalos caudatus)

Cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo) anidando

Culebrera (Circaetus gallicus)

Tórtola turca (Streptopelia decaocto)

Y con esto me volví para casa tan contento por haber disfrutado de un estupendo sábado de aves rapaces, orquídeas y lepidópteros. Ya tocarían al día siguiente las botas y el bastón de senderismo para una gran ruta que pronto veréis.


El Yelmo Chico