Esto nos mueve a aventurarnos fuera de donde vivimos, yendo a puntos más apartados, a otras comunidades... o hasta a países extranjeros que pueden ser muy lejanos. Carlos Lozano acumula muchos viajes, casi tantos como sus ganas de ver pajarracos, y es lo que recopila en el libro a raíz del interés que suscitan las anécdotas que cuenta en sus clases.
Trabaja como profesor de Secundaria y Bachillerato, algo ciertamente equivalente a ser un experto manejando ofidios venenosos o a saber mediar en plena carroñada con hienas moteadas, chacales, buitres orejudos y marabúes. Pero si hay algo que encanta a los alumnos es una buena anécdota y que les hables de ti mismo, algo que conozco perfectamente porque yo soy maestro de Primaria y estoy acostumbrado a esos ojos brillando de interés mientras les cuentas tus vivencias, riendo con tus ocurrencias y esperando con ganas más y más.
Así, por sugerencia de esas alimañas hormonadas con horripilantes granos y aparato dental, recopiló muchas de esas historias en este libro editado por Tundra a finales del 2019.
Sus viajes van del desierto al ártico, pasando por selvas ecuatorianas y la alta montaña. Venezuela, Finlandia, Uganda, Japón, Costa Rica, Turquía... una larga sucesión de atractivos destinos que provocan una envidia sumamente cochina en los lectores que no hemos estado en sus muchos de esos sitios, y en eso nos detendremos a hablar mucho precisamente.
Él sabe perfectamente que el lector, al igual que el alumno que escucha sus historias, no quiere solamente que le cuente lo estupendamente que lo pasó ni las espléndidas especies avistadas. La gente quiere regocijarse con las penurias de los viajes, las anécdotas llenas de calamidades y dolores de muelas. El público del Circo Máximo desea su espectáculo de tigres y leones destripando a los condenados a la arena (disculpadme, he estado viendo "Spartacus" y no pude evitarlo).
Asistimos a la desvergüenza de los guías que operan con excesiva informalidad, el puñetazo en el vientre de las enfermedades, el frío atroz, el sudor pegajoso, las manías de algunos compañeros de viaje, el miedo, los inevitables remilgos ante las gastronomías peculiares, el insufrible ruido de los turistas mentecatos, la furia homicida que sientes cuando un grupo de esos turistas merluzos ve algo interesante y tú no... Yo mismo lo he comprobado, la gente se emociona con las fotos de jaguares que hice en Brasil pero les gusta mucho más cuando les cuento la repugnante inmundicia del barco hotel o la picaresca con "El Politos".
Hay algunos interludios que nos desconectan de las aventuras por el extranjero y nos devuelven al día a día con pequeñas anécdotas cotidianas, pero sin olvidarse de la gran mordacidad que impregna el tono acre del humor que caracteriza al libro. Porque, la verdad, es que no sería igual sin esas dosis de humor con mala leche que te hace imaginar que tienes que leer las frases enarcando una ceja. No es para menos teniendo que aguantar al borracho que le recriminó a Carlos que no se puede corregir exámenes en el tren, y llegamos a odiar sinceramente a la corte de papanatas y mamelucos surtidos que sufre a diario en su trayecto al trabajo.
Queda claro que lo recomiendo. Yo mismamente empiezo a tener ganas de releerlo y reírme otra vez al mismo tiempo que fantaseo con esos momentazos viendo gorilas en la jungla o la enormidad del albatros en la soledad del océano.
Por cierto, esta dedicatoria creo que habrá que cumplirla cuando sea posible...

