Hoy finalmente se ha hecho notar el otoño meteorológicamente, lloviendo con ganas como era ya de esperar y desear. Hasta este momento la naturaleza nos lo hacía saber por otras vías, como el progresivo amarillear de las arboledas de ribera y los movimientos de ciertas especies de aves al ver los últimos vencejos pálidos (Apus pallidus) y culebreras (Circaetus gallicus) antes de su invernada africana, el paso migratorio de avecillas como el bisbita arbóreo (Anthus trivialis) y la cada vez más frecuente presencia de gavilanes (Accipiter nisus) al llegar ejemplares invernantes que se suman a nuestro contingente residente.
Yo escogí primeramente justo el lugar donde nuestro recordado Félix Rodríguez de la Fuente grabó el celo de los ciervos, en el embalse del Tranco:
Y, por supuesto, se les unen los ciervos (Cervus elaphus), sobre todo ejemplares jovenzuelos y hembras, pero también los grandes machos con la oportunidad de incluso observarlos bramando.
Estos ardorosos combatientes han necesitado un gran esfuerzo para desarrollar sus cuernas durante todos estos meses y llegar al celo llenos de energía, una energía que necesitarán de tal manera que de ello depende su éxito al estar prácticamente sin alimentarse durante este período en el que están mucho más pendientes de reunir su harén de hembras, así como de defenderlo de posibles rivales a los que deberán enfrentar si las fuerzas están igualadas.
Se me ocurrió además que sería muy buena idea patear unos montes donde también se escuchaban muchos bramidos, y dio buen resultado. Allí pude estar a solas en un entorno que me sorprendió muy gratamente al encontrar una buena muestra del bosque mediterráneo original con encinas, quejigos, lentiscos, madroños y almeces, viendo jabalíes como el gran macho de la foto y algún grupito de cabras montesas (Capra pyrenaica).
Pude presenciar el celo tanto de los ciervos como de los gamos, pues estos últimos también andan ahora con la denominada ronca, en la que los machos emiten unos sonidos guturales que se suman a los potentes bramidos de los venados.
Esto también me permitió dar con las ruinas de una cortijada como olvidado testigo del abandono forzoso que sufrieron muchos serranos con la creación del Coto Nacional, un arroyo con saltos de agua y pozas, y unas vistas del Tranco que no habría podido gozar de otro modo.
Veremos qué más nos trae el otoño, yo con las lluvias espero una buena remesa de anfibios, que los pobres lo estarían esperando ya.
Estos ardorosos combatientes han necesitado un gran esfuerzo para desarrollar sus cuernas durante todos estos meses y llegar al celo llenos de energía, una energía que necesitarán de tal manera que de ello depende su éxito al estar prácticamente sin alimentarse durante este período en el que están mucho más pendientes de reunir su harén de hembras, así como de defenderlo de posibles rivales a los que deberán enfrentar si las fuerzas están igualadas.
Se me ocurrió además que sería muy buena idea patear unos montes donde también se escuchaban muchos bramidos, y dio buen resultado. Allí pude estar a solas en un entorno que me sorprendió muy gratamente al encontrar una buena muestra del bosque mediterráneo original con encinas, quejigos, lentiscos, madroños y almeces, viendo jabalíes como el gran macho de la foto y algún grupito de cabras montesas (Capra pyrenaica).
Pude presenciar el celo tanto de los ciervos como de los gamos, pues estos últimos también andan ahora con la denominada ronca, en la que los machos emiten unos sonidos guturales que se suman a los potentes bramidos de los venados.
Esto también me permitió dar con las ruinas de una cortijada como olvidado testigo del abandono forzoso que sufrieron muchos serranos con la creación del Coto Nacional, un arroyo con saltos de agua y pozas, y unas vistas del Tranco que no habría podido gozar de otro modo.
Veremos qué más nos trae el otoño, yo con las lluvias espero una buena remesa de anfibios, que los pobres lo estarían esperando ya.
Me ha encanado la foto de la señora gamo con las cuatro patas en el aire, difícil pillarla así. Gran reportaje Carlos, un abrazo.
ResponderEliminarSobre todo con lo rápidos que son los malditos, menos mal que estaba atento porque antes me salieron otros dos.
Eliminar¡Un abrazo!
Para mí nada supera a los ciervos, pero buff... ver uno de esos machazos de gamo también tiene que molar lo suyo!
ResponderEliminarSaludos
Ya te digo, los gamos adultos también están guapísimos con sus paletazas.
Eliminar¡Saludos!
Desde luego, menuda colección de ungulados. A pesar de la impresionante berrea de grandes machos a los que se les da tanto bombo y platillo, todavía me sigue asombrando más la capacidad trepadora por las rocas más verticales, de montesas y rebecos. Quedo hipnotizado, sin quitar la vista de sus pezuñas adheridas a la dura piedra en los pasos más imposibles.
ResponderEliminarUn gran reportaje con gran variedad.
Saludos
Confieso sentir especial predilección por la cabra montés de entre todos nuestros ungulados, no dejan de asombrarme cuando son capaces de esfumarse por precipicios tremendísimos.
Eliminar¡Saludos!