jueves, 1 de febrero de 2018

Libro: Mi vida entre las aves silvestres en España




He tenido la ocurrencia hace poco de aprovechar el blog para comentar alguna que otra vez libros relacionados con la naturaleza que me hayan gustado y, por tanto, también puedan interesar a quienes por aquí asomáis a ver mis andanzas.

Las pasadas vacaciones navideñas tuve entre mis lecturas esta obra que llevaba ya varios años esperando poder abordar. Me tuve que conformar con un archivo digital de su versión original en inglés hasta que la Sociedad Gaditana de Historia Natural y el Instituto de Estudios Campogibraltareños la editaron en castellano el año pasado para mi alegría.

Siempre me gustaron los relatos de los naturalistas extranjeros de antaño, principalmente británicos, que venían a las serranías andaluzas a estudiar y disfrutar nuestra biodiversidad mientras que los españoles locales de entonces no mostraban el menor interés. El grado de conservación de nuestra naturaleza aún atrae hoy día a muchos ornitólogos extranjeros, por lo que no es nada extraño imaginar la gran fascinación que despertaba a aquellos viajeros románticos que venían aquí a partir del s. XIX. Lilford, Irby, Buck o Chapman son algunos ejemplos bien conocidos, a los que sumamos para la ocasión al coronel Willoughby Verner para repasar la obra que editó en 1909 tras haber residido en Gibraltar desde 1868.




Al igual que los que le precedieron, Verner se quedó prendado de los parajes sumamente agrestes de entonces (y que aún lo son en muchos casos), que ofrecían una fauna mucho más amplia y variada que la que apenas quedaba en su tierra de origen. A lo ya conocido por ser España un país europeo (avutardas, ánades, ánsares, etcétera) se sumaba el toque exótico de calamones, águilas imperiales, flamencos o quebrantahuesos entre otros, en un entorno donde el mundo rural estaba más poblado pero al mismo tiempo era más complicado lograr acceder a sus parajes.

Principalmente tuvo como área de acción las sierras del occidente andaluz (Cádiz y Málaga), pero también hizo incursiones en Sierra Nevada o el Sistema Central, así como también en las Marismas del Guadalquivir, que por entonces eran verdaderas marismas (ya hablaremos de ello más adelante).
Son escenarios reconocibles de sus relatos la Sierra de Grazalema y lo que hoy día son los parques naturales de Los Alcornocales y del Estrecho.




Con la ornitología como principal objetivo, anduvo tras muchas especies que conocemos bien, algunas de ellas ya tristemente desaparecidas de los lugares que frecuentó. Y es que este libro tiene ese regusto agridulce al maravillarnos por una parte por lo que llegó a conocer al ver grullas nidificando en La Janda, numerosas avutardas por los llanos o parejas reproductoras de quebrantahuesos en los cortados calizos de Grazalema e incluso en afloramientos de arenisca más al sur... pero con la tristeza de que aquello ya no existe.

Las marismas que el conoció, verdaderos humedales llenos de interesantes especies reproductoras como el avetoro, hoy día son solamente los reductos que han logrado pervivir rodeados por terrenos agrícolas que aún amenazan con rematar la faena merced a la pésima gestión del agua. La laguna de La Janda, que fue la mayor del continente, fue desecada. Y no olvidemos el caso del quebrantahuesos, perseguido hasta su extinción en Andalucía y casi toda la Península Ibérica.




Su actividad naturalista no está exenta de sombras, aunque se debe sobre todo al prisma con que lo observamos hoy día. Me explico, Verner expoliaba nidos y recolectaba huevos de aves (incluyendo las grandes rapaces) para coleccionarlos y abatía ejemplares adultos para ser disecados, aunque hay que tener en cuenta que así se nutría la ciencia de aquella Europa (recordemos a Audubon disparando contra especies que hoy día están en situación crítica o directamente extintas).

Con todo, hay que reconocerle que tenía más miramientos que muchos de sus coetáneos, no habiendo querido abatir ningún quebrantahuesos y sintiéndose arrepentido tras cobrar su primer ejemplar de águila imperial hasta el punto de no repetirlo. Pero lo más llamativo es que defendía a las rapaces contra esa lacra que aún persiste en nuestros tiempos bajo el eufemismo de "control de predadores".




Su desmesurada afición a visitar nidos de aves lo llevó a descolgarse por acantilados marinos donde aún anidaban las águilas pescadoras o a visitar marismas en las que las águilas imperiales tenían sus enormes plataformas sobre solitarios árboles, ocupando así buena parte de los capítulos del libro.

Algo que me interesó mucho, al igual que con seguridad a quien me esté leyendo ahora, es cuando describía de forma general los distintos lugares por los que ejercía su actividad, hablando de los grandes bosques de alcornoques en los que abundaban las culebreras o los azores, los llanos frecuentados por avutardas y sisones, las sierras tanto bajas como más altas y abruptas, o las citadas marismas cuando aún contábamos con las grullas como reproductoras.




No ha dejado de parecerme curiosísima su lectura y no puedo evitar contagiarme de su emocionante espíritu aventurero, y es que me identifico mucho cuando dicen en uno de los textos introductorios que él era más perfectamente feliz en su choza de las llanuras de La Janda.

Todo esto que hemos visto debe servirnos como aviso para concienciarnos y preservar lo que todavía tenemos, que en algunos casos hasta ha llegado a mejorar en los últimos años con los quebrantahuesos anidando de nuevo en Andalucía. Poco a poco, pero ya tenemos de nuevo a las dos parejas reproductoras de Cazorla, Segura y Las Villas incubando sendas puestas mientras hay esperanzadores indicios de nuevas parejas en formación, noticias que dejo como nota optimista antes de acabar.





4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Está de lo más curioso, ya tenía ganas de poder leer completo uno de estos libros.

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  2. Bueno, si lo recomiendas... Tiene toda la pinta del tipo de lectura que me gusta. Lo voy a encargar en mi librería.
    Saludos.

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    1. Está disponible en la Librería Agrícola de Jerez por si costara trabajo encontrarlo.
      ¡Saludos!

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