domingo, 19 de febrero de 2017

Un fin de semana pasado por agua




El mes de febrero no me está trayendo fines de semana propicios para largas salidas senderistas por las cumbres, siendo especialmente nefasto en cuanto a climatología el de los días 4 y 5, pero no he permitido que nada me detuviese y ya me encargué de buscar alternativas.
Para el sábado 4 pensé que estaría bien ir de una vez por todas a uno de los rincones de Siles que me quedaron pendientes por conocer hace dos años, y fui a ver la cascada del Saltador pensando que al menos la lluvia haría que su caudal fuera generoso.

El ambiente queda reflejado sobradamente en las imágenes, muy oscuro, pero no por ello carente de vida al aparecer algún buitre leonado (Gyps fulvus) y los clásicos pájaros que alegran los paseos forestales, como el carbonero común (Parus major), el carbonero garrapinos (Parus ater), el herrerillo común (Parus cyaneus) o el jilguero (Carduelis carduelis). También estaban por allí el herrerillo capuchino, el trepador azul e incluso un acentor alpino en unas peñas al lado del camino.













Tardé más de lo que pensaba en llegar a la cascada, fue un pateo bastante largo que por momentos parecía una salida otoñal con la lluvia y detalles como las hojas secas del roble melojo o las setas.
Conseguí encontrar mi objetivo, y he de decir que mereció mucho la pena la decisión porque El Saltador es un rincón precioso, y ya de paso también fue una satisfacción conocer el río Tus.









Por la tarde no hice nada, pero al caer la noche y ver que llovía con ganas... la cosa estaba clara, había que salir a buscar anfibios.
Es para mi gusto personal la gran baza de las jornadas lluviosas, y no sólo eso, además admito que tenía ganas de que llegara por fin una noche lluviosa en fin de semana para poder salir a ver estos bonitos pero infravalorados animales. La cosa salió muy bien cuando el primer hallazgo de la noche fue ni más ni menos que una joya del parque natural como lo es el sapo partero bético (Alytes dickhilleni), un ejemplar que es el más grande que he visto hasta la fecha (dentro de lo pequeños que son estos anuros, claro).







Continuando con mi recorrido encontré varios sapos corredores (Bufo calamita), un tritón pigmeo (Triturus pygmaeus), una rana común (Pelophylax perezi) y un par de sapos comunes (Bufo spinosus). Con esto quedó más aprovechado aún el sábado y decidí que era hora de volver a casa a cenar.









El domingo 5 me levanté con pocas ganas de monte al ver el cielo plomizo, pero no pude resistirme y acabé saliendo por la zona de La Cabañuela. Si digo que vi aves como el águila real (Aquila chrysaetos), el azor (Accipiter gentilis), el gavilán (Accipiter nisus), el buitre leonado, el alcaudón real (Lanius meridionalis) o el petirrojo (Erithacus rubecula) la cosa pinta muy bien, y es cierto que lo estuvo, pero otra cosa es lo mal que lucían con esa oscuridad.











Los grandes mamíferos herbívoros no colaboraron mucho, pero yendo allí era imposible no verlos y encontré ciervos (Cervus elaphus) y gamos (Dama dama), además de un grupo de jabalíes sin fotografiar.
De manera no deliberada se convirtió en el fin de semana de las cascadas, porque allí vi otra de buena altura y bien cargadita de agua, otro obsequio de la lluvia a cambio de la falta de luz, y es que todo tiene su parte positiva.






Orégano




Si aquel fin de semana llegó en remojo, el siguiente vino gélido, cosa que ya veréis cuando toque. Desde luego no me ha faltado entretenimiento, sea como sea.






jueves, 16 de febrero de 2017

Subida al Banderillas





El Banderillas es una colosal visión desde muchos puntos de la Sierra de Segura, tanto que con sus 1.993 metros es la mayor altura de esta sierra (pero no del parque natural). Llega a verse incluso desde donde vivo, el pueblo de Cortijos Nuevos a baja cota en un valle, y destaca cuando se va llegando al pueblo de Pontones como se ve en la fotografía que he escogido como cabecera para la entrada.
Se puede acceder a su cima desde el río Borosa, que ya visteis publicado por el blog en esta entrada del verano pasado, cosa que supone sumar dicha ruta a la subida del gigante calizo. Otra opción es llegar desde el refugio Campo del Espino en plena altiplanicie de los Campos de Hernán Perea y, como ese paraje me tiene cautivadísimo, escogí hacer ese recorrido el día 14 de enero.

Al ir llegando pude ver algunos pequeños animales como la urraca (Pica pica) o la ardilla (Sciurus vulgaris), y la siempre magnífica presencia del águila real (Aquila chrysaetos) ya en plena altiplanicie, viéndose la prometedora cumbre del Banderillas desde ese sector tan desolado y solitario de Hernán Perea en el que desaparece el escaso arbolado y domina la inmensidad rocosa.








Fue la clásica salida en la que muestro fotografías luminosas de radiantes cielos azules que pueden hacer pensar en una climatología agradable, pero lo cierto es que hacía un frío de tres pares de narices, capaz de cubrir los charcos con tal capa de hielo que ni una buena pedrada lograba atravesarla.
Pero la fauna silvestre se busca la vida como puede, y allí en medio de esos fríos y duros paisajes estaban pequeños pájaros como el jilguero (Carduelis carduelis) o el escribano soteño (Emberiza cirlus), y otros como el piquituerto al llegar a una zona nuevamente arbolada.
Esto último es importante, porque el entorno del Banderillas aún preserva la cubierta forestal que antaño debió tener buena parte de los Campos de Hernán Perea antes de ser arrasados por la explotación maderera y la ganadería.









La cosa se animó mucho al alcanzar un punto elevado de los que invitan a pasar un buen rato disfrutando de su condición de mirador natural. Allí volaban buitres leonados (Gyps fulvus) junto a la ocasional aparición de las águilas reales, y sorprendí a un solitario muflón (Ovis musimon) que tardó poco en poner distancia de por medio. Las vistas eran espectaculares como podéis comprobar con estas imágenes que hacen poca justicia a como se ve en directo, pero el frío viento hacía que uno no se pudiera quitar los guantes ni para manejar la cámara de fotos.










La vegetación se iba tornando muy interesante al llegar al punto que veis en las fotos de abajo, lugar donde vi un mirlo capiblanco, un gavilán, piquituertos, una cierva y un águila real. A los pinos laricios y matorral de montaña se une la llamativa abundancia del boj, y en el centro de la primera foto aparece un pino silvestre que no fue el único. Es cierto que hay más pinos silvestres por esta sierra, pero siempre de repoblación, mientras que los del Banderillas hacen dudar de esa condición por lo bien conservado que está el entorno, y a ese respecto leí en una guía de senderismo que se trata de una presencia relicta de la vegetación de otros tiempos en la Sierra de Segura.





Llegar a la cima fue, como era de esperar, todo un goce visual. Desde su caseta de vigilancia se divisan el embalse del Tranco, distintos pueblos de un solo vistazo, picos de otras tierras como Granada o Albacete...
Por si no fue suficiente explícita la imagen del charco helado, fijaos bien en la estela helada que dejaba el gélido viento (esto se llama cencellada) en la vegetación. Mientras tanto, las águilas reales sobrevolaban el lugar cabalgando en esos heladores vientos, pues justamente en los fríos días del invierno entran en celo.














Durante la bajada de regreso no pude evitar pararme a echar un nuevo vistazo en la balconada natural, por llamarla de alguna manera. Bajo la luz de la tarde planeaban buitres leonados y águilas reales en compañía de la algarabía de las chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax), y entonces apareció ella, la hembra de quebrantahuesos (Gypaetus barbatus) conocida como Marchena para ponerle la guinda a tan gratificante excursión.













Si toda la ascensión tuvo un impresionante valor paisajístico, el retorno no fue menos con la preciosa estética del atardecer avistando nuevamente escribanos soteños y águilas reales.
Es un recorrido que repetiré en primavera, no me cabe la menor duda...