martes, 28 de febrero de 2017

Esperando la primavera





Esperando la primavera... así como dice el título de la entrada me sentía en una templada tarde de febrero en la que salía el sol después de varios días grises, sentado junto al castillo de Segura de la Sierra como ilustra la fotografía que he puesto de cabecera. Recordaba los pasados días de frío y nieve que no volverán hasta el invierno que viene, al menos en principio porque por aquí aún no es descartable que llegue alguna nevada en marzo o incluso en pleno abril. Unos días que brindaron escenas muy fotogénicas pero muy pocas oportunidades de salir a pleno rendimiento.





Buitres leonados (Gyps fulvus)


En los roquedos del cerro sobre el que se asienta el castillo trasegaban los acentores alpinos (Prunella collaris), unas aves que llegaron aquí a pasar el invierno, muy posiblemente desde Sierra Nevada, donde se reproducen. Cuando sientan la llamada primaveral no podrán contener el instinto reproductor hacia su alta montaña natal, dejarán de verse los grandes bandos de más de una decena de ejemplares pero aún en marzo se verán algunos aislados, incluso a primeros de abril como he podido comprobar otros años.

Lo mismo sucederá con otros paseriformes invernantes que se han ido viendo estos meses atrás.: lúganos, mirlos capiblancos, zorzales de tres especies (común, alirrojo, real), mosquiteros comunes, bisbitas comunes y camachuelos.

Otras especies mermarán sus efectivos al quedarse con nosotros los pocos que se reproducen por estos pagos, como ocurre con las lavanderas blancas y los petirrojos, mientras que veo llegar ya de su migración a golondrinas comunes (el día 22 ya aparecieron por el pueblo donde vivo), aviones comunes, cernícalos primilla, críalos y milanos negros.

Un plantel de aves cambiante, al que se suman los que siempre están aquí, como el escribano soteño (Emberiza cirlus) o el arisco y huidizo picogordo (Coccothraustes coccothraustes).










Todavía son buenas fechas para ver a los grandes mamíferos de la sierra a cualquier hora, los ungulados salen a comer a plena luz del día, más adelante será cuando eviten las horas centrales de más calor y se oculten en la espesura o en abrigos rocosos. En las zonas elevadas es posible ver bajo el vuelo de la chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax) a las cabras monteses (Capra pyrenaica), y en los claros del bosque a jabalíes (Sus scrofa), ciervos (Cervus elaphus) y gamos (Dama dama) en escenas que durante el estío quedarán relegadas al amanecer y atardecer.






Castillo de Bujaraiza


Mala pinta la de este jovencito







Con las ardillas (Sciurus vulgaris) encabezo el apartado de pequeños animales, que realmente no tienen nada que ver al mezclar un mamífero con los anfibios, pero ambos están teniendo en común ser los animales que más frecuentemente encuentro atropellados.
Las noches lluviosas siguen animando a los anfibios a hacer desplazamientos que los llevan a encontrarse con las peligrosas carreteras que el ser humano construye en medio de sus hábitats ancestrales. Así es como he apartado debidamente del asfalto a varios sapos corredores (Bufo calamita) y al endémico sapo partero bético (Alytes dickhilleni). También a un par de salamandras (Salamandra salamandra), una de ellas preñada en busca de un punto de agua donde liberar sus larvas, como las que vi en una charca esa misma noche.











Durante febrero he tenido muy buenas experiencias camperas, eso no lo dudo (no hay más que mirar por ejemplo la entrada anterior), pero marzo traerá con la primavera muchas novedades que espero con impaciencia. De momento ya voy teniendo aperitivos que me hacen la boca agua... insectos como la mariposa del olmo (Nymphalis polychloros) y la mariquita de siete puntos (Coccinella septempunctata), y flores como el narciso de la Sierra de Segura (Narcissus hedraeanthus) y la orquídea gigante (Barlia robertiana).








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