jueves, 27 de octubre de 2016

Campos de Hernán Perea





¡Ahora sí! Es momento de entrar en faena dedicando una entrada a uno de los parajes más singulares y con más personalidad de la Sierra de Segura y de todo el parque natural en el que está incluida.

Los Campos de Hernán Perea son, como he ido contando en entregas anteriores de forma muy somera, una inmensa altiplanicie de más de 5.000 hectáreas a unos 1.700 metros de altura donde se saborea como en pocos lugares la soledad más palpable. En invierno se dan unas estampas casi de tierras árticas en esos vastos paisajes de enormidad nevada, y esa agua filtrada en todo su entramado kárstico da lugar al nacimiento del río Segura, muy mítico últimamente en mis salidas recientes.

Existe la posibilidad de atravesar estos duros terrenos en una ruta de unos 20 kilómetros (en caso de tener un coche esperando al otro extremo, si no habría que desandar lo andado y sumar una intensísima jornada de marcha). Yo, con mis obvias intenciones de ir avistando fauna me quedé cerca de la mitad, poco antes de estar en pleno corazón del paraje, donde el arbolado se hace ya casi inexistente, pero estoy seguro que en otra ocasión sí me adentraré más.

Accedí desde Santiago de la Espada, avistando por su vega numerosos buitres leonados (Gyps fulvus), ratoneros (Buteo buteo) y cernícalos vulgares (Falco tinnunculus) como adelanto de la gran jornada de rapaces que me esperaba.







Empecé el itinerario a pie al llegar a la aldea de Don Domingo y su pista de tierra que da acceso a este vastísimo escenario. Distintos frutos como muérdagos y escaramujos y un punto de agua atraían a bastantes especies de pájaros como escribanos montesinos (Emberiza cia), carboneros garrapinos (Parus ater), zorzales charlos (Turdus viscivorus) y piquituertos (Loxia curvirrostra) entre formidables pinos laricios con la extraña estampa de los cedros y pinsapos que plantó el ICONA al borde del camino.










Llegando al cortijo de Juan Fría la fauna tomó mayor porte al ir viendo un joven ciervo (Cervus elaphus), chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax), un águila real (Aquila chrysaetos) y un lejanísimo quebrantahuesos (Gypaetus barbatus) con una marca en su ala derecha y ninguna en la cola aparentemente, por lo que tal vez podría tratarse del ejemplar llamado Génave.











En varias ocasiones estuve bastante mosqueado con los reclamos de los mirlos al oír alguno que otro muy sospechoso, hasta que al pasar por una vaguada llena de arbustos con fruto oí ya claramente lo que sin duda eran sonidos de mirlo capiblanco (Turdus torquatus), y con paciencia pude ver y hasta fotografiar a estos desconfiados y esquivos migradores que han llegado aquí para invernar. Esto demostró una vez más la importancia del oído a la hora de detectar e identificar especies que pasaríamos por alto si sólo utilizáramos la vista, sin duda le debo mucho a mis salidas por Grazalema al haber grabado allí en mi memoria los reclamos de estas aves.






Al fondo se ve el Puntal de la Misa


Después de esto llegaron largos momentos en los que sólo avistaba buitres leonados y poco más, decidiendo que ya era hora de ir regresando, momento que aproveché para fotografiar con buena luz (a la ida tenía nubes estorbando) el pino Galapán, enorme pino laricio centenario de unos 40 metros. Alguna vez debo ir acompañado para hacerme una foto junto al coloso y así apreciar mejor su tamaño en la imagen, porque os aseguro que es mucho más grande de lo que parece.

Al aproximarme a una explotación ganadera de ovejas segureñas (su principal cabaña ganadera en estas sierras se encuentra en los Campos) vi un trasiego de buitres leonados mucho más numeroso de lo normal, además con un par de águilas reales como indicio de que aquello no iba a ser nada común, cosa que se corroboró al entrar también en escena un milano real (Milvus milvus) en liza con los cuervos (Corvus corax). Es importante saber que el milano real no es una especie habitual por aquí, y de hecho es el primero que yo anoto en esta serranía.



















No acaba ahí el asunto, porque en medio de aquel espectáculo de grandes planeadores apareció un segundo ejemplar de quebrantahuesos que me dejó alucinando... pero resulta que aún quedaba más.









El colmo fue cuando, aún estando alejándose el quebrantahuesos, entre una hilera de buitres leonados llegó un buitre negro (Aegypius monachus) para redondear del todo los avistamientos de aves rapaces. El buitre negro no es reproductor en la Sierra de Segura y sólo se pueden ejemplares de esta especie cuando alguno acude desde Sierra Morena u otras zonas para alimentarse junto a los buitres leonados, y éste es de momento tan sólo el sexto que veo por aquí.

No hace falta imaginar que yo por entonces estaba ya extasiado con todo ese ajetreo a mi alrededor, fotografiando a los buitres leonados que cicleaban más cerca de mí, las idas y venidas del milano real, e incluso a un ratonero que no quiso ser menos.














El regreso a casa tampoco fue aburrido para nada, disfrutando de las primeras pinceladas del otoño en las choperas (esta salida la hice el día 7, mucho antes de las fotos otoñales que subí en la entrada anterior) y de cabras montesas (Capra pyrenaica) y un jabalí (Sus scrofa) al atardecer, con el premio final de la torta de chocolate que compré en Pontones. ¡Muy completo el día!











2 comentarios:

  1. Vaya pasote!!! No se si quedarme con el quebranta o con la torta de chocolate, jejeje. Un fuerte abrazo desde el Septentrión.

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  2. La torta desde luego está mucho más rica que el quebrantahuesos, jajajajaja.
    ¡Un abrazote!

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