jueves, 22 de octubre de 2015

Las garzas que nos acompañarán





Hace ya mucho tiempo que no veo garzas imperiales ni avetorillos, sobre todo estos últimos, desde que dieron el salto africano para pasar allí el invierno. No puede decirse lo mismo de nuestras otras dos garzas estivales, el martinete y la garcilla cangrejera, de las que a veces veo algunos de esos ejemplares que deciden no darse el gran viaje y se quedan aquí todo el año.

El relevo lo ha tomado otra ardeida, la garceta grande (Egretta alba) que aumenta sus efectivos con la llegada de los ejemplares que llegan como invernantes y se unen a las unidades reproductoras de las marismas del Guadalquivir, convirtiéndose en una de las zancudas que más habitualmente veo en las salidas por el paraje del Brazo del Este. 
Es muy normal verla en los arrozales cosechados junto a otras especies de garzas y cigüeñas, aunque con la típica desconfianza que suelen mostrar este tipo de grandes aves. No obstante, he tenido alguna oportunidad de disfrutar a corta distancia de algún ejemplar en vuelo.







Siempre muy ubicua y fácil de encontrar, así es la garza real (Ardea cinerea), que no por ello es siempre fácil de fotografiar en condiciones. De hecho, he tardado en ello más que con las tímidas garzas imperiales, curiosamente.
Me dijo hace meses un compañero del trabajo, siempre observador curioso de la naturaleza, que se fijó en que ahora ve mucho a las garzas reales en medio de los campos cuando años atrás sólo las veía en zonas acuáticas como ríos o embalses. Fijaos en que no hace falta ser muy conocedor de las aves para darse cuenta de que esta gran garza ha ido sabiendo aprovecharse de los recursos disponibles, ya sea sacando tajada de las maquinarias agrícolas que remueven el suelo o simplemente cazando topillos en los labrantíos.









Además de la garza real, hay otras ardeidas que siempre están con nosotros durante todo el año, las blancas y reconocibles garcillas bueyeras y garcetas comunes. Precisamente una garceta común engendró este híbrido (que ya conoceréis de otra entrada del blog) con una garceta dimorfa (Egretta gularis) de las que cada vez más visitan nuestra geografía desde África. Aunque el caso es que hace mucho tiempo que no me topo con este amiguete de curioso plumaje, la última vez fue en septiembre... pero a ver quién asegura su presencia con el follón de garzas que hay ahora mismo dispersas por todo el arrozal tras el fangueo...

Tal vez llame vuestra atención que no mencione al avetoro, la única ardeida ibérica que me he dejado en el tintero, pero resulta ser también la única que no he visto hasta ahora... quién sabe si con el tiempo... ojalá.









6 comentarios:

  1. Me conformo con ver aunque sólo sea, la garza real. Toma uno asiento, ella coge confianza y, la ves tranquilamente toda una mañana o tarde con su caminar parsimonioso haciendo su vida. Es cuestión de dedicar el tiempo a ¿qué pasará?

    Saludos

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    1. La que sale aquí tomando el sol con las alas en esa característica postura que ponen me tuvo la mar de entretenido, lo malo es que en esos campos tarde o temprano llega una moto o furgoneta a espantarte al personal alado.
      ¡Saludos!

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