sábado, 27 de diciembre de 2014

Las Correderas - Collado de la Aviación (Despeñaperros)


Quejigo junto a madroño


La semana pasada decidí dar una vuelta por Despeñaperros que llevaba tiempo queriendo hacer pero al final siempre aplazaba, así que el sábado 20 me dirigí hacia el barranco de Valdeazores con intención de hacer la ruta que sube hasta el Collado de la Aviación. 
La intensa niebla me persuadió al llegar, se veía claramente que al ascender me libraría de ella, pero no me apetecía pasar la subida sin disfrutar bien del entorno, de modo que se impuso un cambio de planes sobre la marcha y opté por subir por la zona de Las Correderas. Desde allí parte el sendero que se dirige a las ruinas del castillo de Castro Ferral, que conecta en un cruce de caminos con uno que lleva al Collado, siendo un recorrido más largo y con menos interés botánico, pero igualmente surtido de excelentes paisajes y fauna... y con vistas despejadas, lo más importante.

En los pinares de todo el trayecto hay numerosas cajas nido, lo que seguramente repercute en la cantidad y variedad de avecillas forestales que se ven. Tan sólo durante la primera parte de la subida ya avisté y escuché numerosas especies, como reyezuelos listados, currucas rabilargas y cabecinegras, carboneros comunes y garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, trepadores azules, zorzales comunes, petirrojos o pinzones vulgares.
Ante la cámara cayeron un macho de pico picapinos (Dendrocopos major), un zorzal charlo (Turdus viscivorus) y unas totovías (Lullula arborea). Además de una culebra de herradura, lamentablemente muerta, y ya van dos serpientes las que veo muertas en el mismo camino (en octubre fue una de escalera), espero que no se repita y vuelva a las observaciones de herpetos vivos como cuando en salidas pasadas vi un sapo común y una culebra lisa meridional.








Como habéis podido ver en la foto inicial, los quejigos mostraban unos bonitos tonos amarillos que destacaban mucho en el paisaje de predominantes y variados tonos verdes, junto al marrón de los robles melojos (aunque la gran mayoría tiene ya casi todas sus hojas en el suelo) y el rojo de los frutos del madroño, como si fueran adornos navideños vivientes.
Con tanta fruta dulce y abundante no me extraña la cantidad de pájaros en la zona.






La ruta tiene muchas subidas y bajadas (lo que hace que el regreso no se convierta en una cómoda bajada, no te libras de subir cuestas en ningún momento), y al sentarme en una zona rocosa llegaron las sorpresas de la mañana. Estuve en un sitio con muy buena visibilidad por si alguna de las grandes águilas del parque natural (tenemos las tres especies: imperial, real y perdicera) se dignaban a aparecer, pero lo bueno llegó mirando al suelo. Un miriápodo (sp) fue el prólogo invertebrado al encuentro con uno de los artrópodos que más me gustan: el escorpión (Buthus occitanus).
Era un ejemplar de buen tamaño, más o menos como mi dedo pulgar (y yo tengo los dedos largos) si exceptuamos la "cola" y las extremidades. La picadura de este arácnido no es mortal, tan sólo llega a ser peligrosa en niños pequeños y ancianos, pero todos modos es temido y odiado en la cultura popular y la gran mayoría de personas lo habría matado al verlo, pero éste tuvo suerte de que quien lo encontrara fuera yo, pues después de las fotos lo dejé bajo una gran roca.









Solamente con encontrar el escorpión ya había merecido la pena (faunísticamente hablando) la salida, pero no tardé mucho en llevarme un hallazgo inesperado al ver un ave gris y mayor que un gorrión moverse por las rocas de un modo que ya me resulta familiar...
Era un acentor alpino (Prunella collaris), que a estas alturas ya es una especie habitual en mis salidas de altura por la Sierra de Segura, pero resulta que hasta ahora yo jamás había visto uno en Sierra Morena, ni sabía que se pudieran ver en el sector jiennense de la cordillera (sí tenía referencias de su presencia invernal en Huelva). Así que allí estaba este solitario ejemplar, posado en cuarcitas en lugar de los posaderos calizos a los que ya me he acostumbrado.





Ya en lo alto del collado llama la atención, como siempre, ver la transitada autovía atravesar estas moles cuarcíticas sin que sus viajeros se hagan una idea del tesoro natural que están viendo a su paso. Las águilas me dieron esquinazo, las malditas, pero pasé amenos ratos con los pájaros forestales y alguna cosa más, como el macho de roquero solitario (Monticola solitarius) con sus dulces reclamos aflautados, un bando de gaviotas sombrías (Larus fuscus) enfilando la misma dirección de siempre (no es raro verlas en su trasiego desde un lugar elevado) y los siempre presentes buitres leonados (Gyps fulvus) de la colonia de cría adyacente. 












No, yo no soy un buitre leonado... o casi.


Me quejé de no ver grandes águilas, inocente de mí, si hubiera sabido lo que se me avecinaría en un par de días...ya veréis en la siguiente entrada por qué digo esto.


2 comentarios:

  1. Sin duda tiene un atractivo especial el escorpión. Esa estructura morfológica acangrejada pero sin apéndice caudal motriz, le da un toque extravagante. Tengo un seco que me encontré moribundo, A la vuelta de mi recorrido lo cogí ya muerto.
    Ese solitario sobre el pedrusco queda muy monolítico. Me gusta ell alpino semioculto sobre la roca, sorprendido.
    Lastima la de herradura muerta.

    Saludos.

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    1. Los roqueros y los acentores alpinos son como estandartes vivos de la roca, siempre erguidos y gallardos sobre las peñas.
      Ya van dos culebras muertas en el mismo camino, me da muchísimo coraje imaginar a los muchos ciclistas de la zona atropellándolas a propósito.
      ¡Saludos!

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