miércoles, 27 de noviembre de 2013

Plena vida en invierno


Se acerca el invierno... estación de vida en reposo para muchos, de guarecimiento y letargo. Tal como reflejaba José Hierro en el inicio de este poema:


Sé que el invierno está aquí,
detrás de esa puerta. Sé
que si ahora saliese fuera
lo hallaría todo muerto,
luchando por renacer.


Y así era para mí en cierto modo en las sierras de mi tierra, cuando la vegetación caducifolia pierde vitalidad al mismo tiempo que nos abandonan aves estivales a las que es sencillo echar en falta, como águilas calzadas, culebreras, cigüeñas negras, cucos, abejarucos, chotacabras cuellirrojos, golondrinas dáuricas, milanos negros, alcaudones comunes, aguiluchos cenizos, cigüeñuelas, oropéndolas, vencejos reales, cernícalos primilla, tórtolas comunes, y un buen etcétera.

Esta situación ha dado un giro interesante durante mi estancia en tierras sevillanas, pudiendo disfrutar por primera vez de una verdadera invernada que supone un interesantísimo relevo de aves. Junto a las habituales especies como avefrías o bisbitas que podemos encontrar en cualquier punto de nuestra geografía, han llegado otras aves de enorme carisma y con muy especial atractivo para mí.

Este pasado domingo me animé a hacer un buen recorrido por los alrededores de Doñana, desde Puebla del Río al centro de visitantes José Antonio Valverde, y desde allí el regreso pasando por Isla Mayor.
Buscaba el trompeteo de los claros y gélidos cielos invernales, las agrupaciones de poderoso vuelo de las hermosísimas grullas (Grus grus).
Porque es tiempo de ascuas en el brasero, de campos llenos de sonidos de bisbitas, trigueros y cogujadas, de crepitar en la chimenea, de bandos de avefrías en las tierras de labor, de siluetas rojas de milanos y de escuadras de vocingleras grullas.










Y allí estaban... en medio de llanos de aspecto vacío y somnoliento, luchando contra el fuerte viento para dirigirse a sus zonas de alimentación.
Quiso el azar que, en un momento dado, cientos de ellas quisieran desplazarse de un campo a otro sobrevolando el carril en el que yo estaba, aguantando como podía el viento helador que me obligaba a hacer fotos con los guantes puestos mientras que era harto difícil sujetar la cámara con tanto traqueteo... es siempre una experiencia emocionante y un espectáculo precioso.









A diferencia de mis salidas por el Valle de Alcudia o Hinojosa del Duque con sus bandos de grullas posadas en las dehesas a distancia agradecida, en estos labrantíos quisieron ellas interponer una distancia mucho mayor; siendo esto de abajo lo más "cerca" que se pudo conseguir desde los carriles.





Quizás hayáis observado que en la primera fotografía hay unos cuantos gansos en primera línea. 
Los ánsares comunes (Anser anser), iconos de la invernada en las marismas de Doñana, fueron muy abundantes durante la mañana y cerca del centro de visitantes se podían ver muy cerca en el agua, aunque con un contraluz que mejor os evito por cortesía.
Tenía también ganas de disfrutar de los vuelos y graznidos de estos originadores de nuestras ocas domésticas, otros viajeros impresionantes.





Los labrantíos en el invierno siempre tienen a sus bisbitas comunes (Anthus pratensis) correteando y a sus avefrías (Vanellus vanellus) comiendo en el suelo o volando en bandos de destellos blanquinegros. Como curiosidad, es la primera vez que oigo a las avefrías emitir ese cómico reclamo que hasta ahora sólo había escuchado en primavera.
Aves recias estas avefrías, que aguantan las ventiscas con estoicismo y que tanta carga tienen en nuestro acerbo cultural en relación a la estación de la que hablamos, haciéndoles protagonistas de incontables refranes y expresiones como "cuando el avefría va por la huerta, enciende fuego y cierra la puerta".





Acompañando a avefrías podemos localizar a otra limícola de cercana parentela que comparte su gusto por los campos: el chorlito dorado (Pluvialis apricaria).
Éste de las fotografías, tenía una herida en el ala izquierda (se nota especialmente en la segunda foto), aunque no le impedía volar con esas estilizadas alas que uno no se espera en un ave de rechoncha apariencia.






Al igual que el águila calzada y la culebrera son bellísimos adornos de nuestros cielos estivales, como copos blanquísimos que son en el paisaje, también cuenta la temporada invernal con sus detalles de elegancia y colorido, con el milano real (Milvus milvus) y el aguilucho pálido (Circus cyaneus).
En verdad, el milano real cuenta aquí con cierta cantidad de parejas reproductoras, al igual que en otros puntos del país, pero la llegada de los visitantes europeos es lo que hace que podamos verlo con más frecuencia y asociarlo a las frías escenas de la campiña invernal.







Cierro la entrada con esas dos bellezas rapaces, que no son ni mucho menos el final de las observaciones. La jornada dio mucho más de sí y hay más especies, algunas de ellas igualmente interesantes, pero me lo reservo para la próxima entrega.
Esta humilde entrada se la dedico a mis amigos pajareros con los que, hace un año dentro de muy poquito, compartí grandes momentos en las dehesas extremeñas en torno a la observación de las grullas. ¡Va por vosotros!


domingo, 24 de noviembre de 2013

El gavilán, ese fantasma de los bosques




El pirata de la espesura... así llamaba el doctor Félix Rodríguez de la Fuente al gallardo azor... un epíteto que también podríamos adjudicar sin problemas a su primo menor, el intrépido y ágil gavilán (Accipiter nisus).
Se diría que es una versión reducida del azor en base a su mayor especialización ornitófaga, pero conservando igualmente esa morfología que han adquirido ambas aves del género Accipiter para adaptarse a la depredación en medios forestales, lo que lo convirtió en una potencial ave de cetrería.

A diferencia de otras rapaces de su familia, con grandes alas muy veleras y suma facilidad para el planeo, el gavilán evolucionó hasta tener unas alas cortas y redondeadas para poder volar y perseguir a sus presas entre el ramaje del bosque, así como una cola larga que le sirva de eficiente timón en esos quiebros repentinos. Quien haya tenido la suerte de cruzarse con un gavilán en medio de la espesura habrá comprobado la facilidad con que éste se escabulle sin perder velocidad.
Sirvan de ejemplo estos dos ejemplares; el primero muestra escasa envergadura incluso de frente, y el otro nos enseña la buena longitud caudal.


Joven gavilán en Sierra de Segura (Jaén).

Gavilán adulto en Rubayo (Cantabria).


A esto hay que unirle la especialización en sus garras, con tarsos finos y dedos largos con almohadillas para sujetar mejor a los pájaros (como también las tiene el halcón peregrino, otro predador ornitófago), y ya tenemos al terror de los pajarillos forestales. Al menos así es en el macho, que resulta una rapaz bastante pequeña, mientras que la hembra no tanto, debido a que se trata a uno de esos casos en los que la hembra es mucho mayor que el macho como adaptación a trocear presas consistentes para sus pollos.
Mientras que el macho suele depredar en páridos, gorriones y demás pajarillos, la hembra puede desenvolverse con aves mayores como las palomas, o incluso con otras aves competidoras como el mochuelo (del que he visto desplumaderos en territorio de cría de gavilanes). Cerca de sus nidos he podido encontrar plumas de palomas, mirlos, pajarillos como el petirrojo, e incluso las bonitas plumas del ruidoso arrendajo.
No obstante, hay que tener cuidado, existiendo tantas rapaces de tamaño superior que a su vez pueden convertir al bravo gavilán en presa, como muestra esta foto de la Sierra de Segura en la que algún otro predador alado se dio una comilona con un joven gavilán en el mismo territorio donde estaba su nido (son pocos los pollos que sobreviven, de hecho).




No obstante, no temen salir a enfrentarse a otras rapaces si se acercan a su territorio, hasta en un par de ocasiones he llegado a verlos pegarle pasadas a la enorme águila imperial. Una de esas dos veces ocurrió cerca de La Venta del Charco (Córdoba), como atestiguan estas fotos del pasado mes de febrero:





Ya que hablaba de machos y hembras, también es reseñable que también se distinguen muy bien por el color (como con los aguiluchos y cernícalos), teniendo el macho un bonito color anaranjado en la cara y la pechuga, mientras que la hembra es sencillamente grisácea. No acaban ahí los rasgos, la hembra tiene una ceja blanca de la que el macho carece (no como los azores), y éste a su vez desarrolla con la edad unos ojos rojizos que llegan al rojo intenso si consigue cumplir muchos años en la dura vida salvaje (otra diferencia entre sexos que no tiene el azor).


Gavilana en Elechas (Cantabria).

Además de la ceja blanca, también muestra la típica mancha
blanca en la nuca de los gavilanes.

Macho adulto en Despeñaperros (Jaén) portando una presa.
Nótese el intenso color naranja y los ojos rojos.


 Los individuos jóvenes, por su parte, son de modestos tonos marrones hasta que con las sucesivas mudas adoptan los colores adultos, y tienen el iris de color amarillo. A cualquier edad muestran siempre el característico barreado en las partes inferiores de su cuerpo.



Adulto en Rubayo (Cantabria).

Joven en Sierra de Segura (Jaén).


 Mención aparte se merece distinguir de forma más clara con los azores, siendo el ave con la que mayor confusión presenta su correcta identificación cuando no discernimos con seguridad si se puede tratar de un macho pequeño de azor o de una gran hembra de gavilán.
La mayor corpulencia de los azores no puede ser siempre visible, y menos cuando vuelan tan lejos como suelen, pero hay más pistas.  El gavilán tiene una cabeza pequeña que sobresale mucho menos que la del azor, es estrecho de cintura, su cola es más larga y con los ángulos menos redondeados, sus alas no tienen un borde posterior con una forma de S tan acusada, y su vuelo es más rápido con planeos más breves en los que pierden algo de altura, a diferencia del azor con su vuelo más potente y estable.
Podríamos decir que el gavilán aletea de forma parecida a un cernícalo mientras que el azor parece una paloma torcaz o un córvido.
El cernícalo también puede ser motivo de confusión, pero para ello nos fijaremos en la anchura de las alas y el color del dorso (no siempre está claro que el ave tenga las alas redondeadas, cuando un gavilán persigue a una presa sus alas pueden parecer puntiagudas).

Para imaginarnos mejor una situación con una rapaz volando alto o a lo lejos, lo ideal es representarlo con fotos lejanas y más bien malas. Las tres primeras son de azores (hembra la primera y macho el resto), y las otras dos de una gavilana.









Con los juveniles resulta más fácil, porque los gavilanes tienen desde el principio el plumaje barreado mientras que los azores lucen un moteado vertical durante ese período.


Volantón de gavilán en Despeñaperros (Jaén).

Volantón de azor en Despeñaperros (Jaén).


Habiendo expuesto brevemente cómo reconocer al gavilán, ya podemos pasar a dónde encontrarlo. En verdad es una especie muy ubicua, que puede aparecer incluso en huertos, olivares y estepas cerealistas sin un gran árbol a la vista, pero no olvidemos que el bosque es su medio preferido, escogiendo en las zonas donde más he campeado y he visto ejemplares (Sierra Morena oriental y Sierra de Segura) los pinares cercanos a zonas despejadas. 
Se sienten a gusto en pinares densos, pero a diferencia del azor no precisan de árboles de muy gran porte porque pueden anidar perfectamente en pinos de tronco delgado, aunque altos, eso sí, en los que escogen la horquilla que forma una rama con el tronco para hacer un nido mucho menor que la enorme masa de ramas que construye el azor.


Nido de gavilanes en Sierra de Segura (Jaén).
Fotografía tomada en invierno, sin las aves allí. 

Típico hábitat de gavilanes en Despeñaperros (Jaén).


Pese a ser una de las seis rapaces más abundantes y ampliamente distribuidas de Europa, su detección no es siempre fácil y pasa desapercibido. Al menos se deja ver con más facilidad que el azor, y no es raro encontrarlo planeando sobre el bosque o la campiña, sobre en invierno cuando nuestro país acoge a los invernantes europeos que se unen a nuestra población.
Recomiendo prestar atención cuando un ave de modesto tamaño vuela en círculos con unos breves planeos (con las alas rectas) tras unos rápidos aleteos, algo muy típico en ellos. Y mucho ojo a las laderas de apretados pinares surcadas por encajonados arroyos o vaguadas.


Distribución en nuestro país, sin olvidar que puede haber más cuadrículas.


Y con esto cierro la entrada dedicada a una de mis aves preferidas y emblemáticas de mis paseos camperos. No sin antes recomendar alguna lectura por si apetece saber más:

- El arte de cetrería. Félix Rodríguez de la Fuente.
- Aves rapaces de la Península Ibérica, Baleares y Canarias. Antonio Manzanares.
- Guía de las aves del Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. Humberto Gacio Iovino.
- Guía de aves. España, Europa y región mediterránea. Lars Svensson.
- Guía de campo de las aves de España y Europa. Rob Hume.

Enlaces:

http://www.magrama.gob.es/es/biodiversidad/temas/inventarios-nacionales/gavilan_comun_tcm7-21769.pdf

http://www.pajaricos.es/mas/masgavilancomun.htm




miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mis primeras grullas de la temporada, y en muy buena compañía




Volvemos a ubicarnos en el entorno de Doñana, concretamente en el Brazo del este del Guadalquivir, para hacer un pequeño repaso a lo que vi el domingo 10 de este mes.
Tras la salida pajarera por la sierra sevillana, tocaba echar un ojo al ambiente acuático por si ya había presencia de alguna de las especies invernantes a las que tengo muchas ganas (y que espero que lleguen a ir saliendo por el blog).

La tarde no era especialmente buena para la fotografía, con unos cielos que no se animaban del todo a despejarse, y con el feo ambiente del humo que había en el aire con las quemas de rastrojos en los cultivos de este paraje, pero en observaciones no quedó precisamente floja la cosa.
Lo primero que me llamó la atención fue la tremenda congregación de calamones (Porphyrio porphyrio) que llegaban incluso a volar al mismo tiempo como si fueran una bandada de patos, algo nunca visto por mí.
Los momentos con encuentros más o menos cercanos quedaron chafados por el susodicho humo, aunque ello no impida disfrutar de esta especie que me parece que podríamos considerar el color de las marismas sureñas.


El de la derecha nos muestra lo comprimido que tienen el cuerpo lateralmente,
como adaptación para moverse con facilidad entre la vegetación acuática.



Ampliad la imagen y empezad a contar ejemplares...

Paseando junto a los carrizales encontré tres desplumaderos de calamón, todos ellos de individuos jóvenes como nos muestran las plumas con sus vainas aún presentes, y también por el color pálido de la pechuga de un trozo de cuerpo que aún quedaba.
Las plumas fueron arrancadas por el pico de un ave en vez de cortadas por unos dientes, de modo que descartamos a los mamíferos y nos quedamos con la opción de un ave rapaz.




Desde luego tuvo que ser una especie con la suficiente fuerza como para matar a un ave silvestre del tamaño de una gallina. No creo capaces a los numerosos aguiluchos laguneros, y sin olvidar al azor (hay individuos que pueden aparecer en cualquier sitio durante el invierno) yo me inclino por el águila calzada (Hieraaetus pennatus), la menor de nuestras águilas pero no por ello exenta de fuerza y fiereza.
Esta bellísima rapaz es estival y suele marchar a sus cuarteles africanos de invernada durante el otoño, pero hay algunos ejemplares que se quedan a pasar con nosotros el invierno en distintos puntos de Andalucía, como aquí mismamente por ejemplo.






 En el Brazo del este he visto distintas águilas calzadas de ambas fases de coloración, como la de fase clara que fotografié posada en una torreta.
No es el único caso de ave estival que se puede encontrar por estos lares durante el invierno. Ya os comenté que cierto número de cigüeñas negras (Ciconia nigra) europeas se quedan en las marismas del Guadalquivir en vez de cruzar el Estrecho. Desde el día que vi a la cigüeña negra anillada en Alemania he vuelto a verlas cuando voy, y el domingo me encontré con unas pocas, siempre volando de lejos, y una de ellas posada con los cormoranes.






Así es como esta vez voy a poder tener durante todo el año a dos de mis especies serranas favoritas, con lo muchísimo que echo de menos a las calzadas en invierno cuando estoy en Jaén.
Pero no queda ahí la cosa, también una ardeida me mostró que no tiene ganas de migrar, cuando vi a dos garcillas cangrejeras (Ardeola ralloides) volando por ahí. Menos mal que sus zonas pardas las distinguen muy bien de las mucho más blancas garcillas bueyeras, para que no pasen desapercibidas al observador que pueda estar despistado en el momento.





Yo vengo de una tierra en la que el invierno se lleva a muchas de mis especies favoritas durante los meses fríos, dejándome con menos variedad hasta la primavera, y desde luego no estoy nada acostumbrado a ver especies estivales así (sin contar el período de coincidencias en los pasos migratorios) junto a invernantes como el bisbita común (Anthus pratensis). Es el bisbita un pajarito pequeñajo y de colores poco atractivos, pero no se le puede negar ser un heraldo de la llegada del invierno, cuando muchísimos de ellos llenan nuestros campos. 
Del mismo modo que también anuncia la estación fría una de las aves más emblemáticas y amadas de la vieja Europa, pues desde muchas generaciones ha sido la grulla (Grus grus) un símbolo del invierno en nuestro país. Fue muy reconfortante ver esa tarde mis primeras grullas de la temporada, cuando cuatro de ellas llegaron de frente y me sobrevolaron en dirección a las marismas. ¡Tengo que dar con ellas ahora que están llegando muchas junto con el primer temporal verdadero!










Antes de terminar, dejo como siempre la lista de las otras observaciones:

- Ratonero.
- Aguilucho lagunero.
- Milano real.
- Cernícalo vulgar.
- Avefría. 
- Agachadiza común.
- Morito.
- Ánade real.
- Pato cuchara.
- Andarríos grande.
- Cigüeñuela (otra estival que es residente en algunos puntos de España).
- Mosquitero común.
- Garcilla bueyera.
- Garceta común.
- Focha.
- Garza real.
- Cigüeña blanca.
- Gaviota sombría.
- Cormorán grande.




Y, al igual que la cigüeña blanca y la garza real, levanto el vuelo y ya volveré con lo próximo que consiga bichear. ¡¿Qué me encontraré?!